MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA DE NAVIDAD
24 de diciembre de 2012
Parroquia Jesús El Buen Pastor
Esta noche sabrán que el Señor vendrá a salvarnos y por la mañana contemplarán su gloria (Ex 16,6-7).
Con este fragmento del libro del Éxodo, la Iglesia inicia la santa misa vespertina de la Vigilia de Navidad, celebración en que recordamos la llegada de nuestro salvador: Jesucristo. En plena consonancia se encuentra el texto de los Hechos que acabamos de escuchar. En este fragmento, encontramos a san Pablo, predicando el kerigma, un anuncio de salvación a los judíos en la sinagoga: “Israelitas y cuantos temen a Dios, escuchen… (Hch 13,16b)”. Después de hacer un recuento de la historia de la salvación, desde la elección de Israel como pueblo de Dios, pasando hasta el tiempo de la esclavitud en Egipto, termina recordando la promesa hecha a David, de la que escuchamos su eco en los textos de nuestra liturgia de la Palabra: “Del linaje de David, conforme a la promesa, Dios hizo nacer para Israel un salvador: Jesús (Hch 16,23)”. San Pablo reconoce y presenta al justo del cual brilla la salvación para Israel como una antorcha (cfr. Is 62,1).
En esta noche, como Iglesia nos alegramos, pues nos reunimos a celebrar la victoria de nuestro salvador: Jesucristo. Como los pastores en Belén, hemos de llenarnos de alegría al contemplar, en el pequeño y humilde niño envuelto en pañales, nuestra salvación. Es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros y como Dios-con-nosotros, nos acompaña, hoy y siempre, en nuestro caminar. Es la grandeza de la salvación que nuestro Padre amoroso nos concede, pues “nos da el mejor regalo que los hombres de todos los tiempos podemos recibir: a su Hijo Unigénito (cfr. Mensaje de Navidad de Mons. Rogelio Cabrera, Arzobispo de Monterrey). Aprendamos de la sencillez de Cristo que quiso nacer pobre en un pesebre. Más aún, él siendo Dios, quiso hacerse semejante a nosotros, quiso compartir nuestros caminos, quiso sufrir nuestros dolores. El niño que nace en Belén, es el mismo que entrega su vida en la cruz para salvarnos, porque nos ama. De él aprendemos que hay más alegría en dar que en recibir. Por él, no tenemos porque dejarnos hundir por la tristeza y desesperanza: Él es nuestra esperanza.
Cada año, el Señor reaviva en nosotros la gozosa esperanza de la salvación (cfr. Oración colecta de la Misa vespertina de la Vigilia de Navidad). Cada año, Dios nuestro Padre amoroso, renueva su compromiso de salvarnos de toda opresión, de todo pecado, de todo aquello que atenta contra nuestra felicidad. Su compromiso, es una seguridad de fe. Su fundamento, es la entrega de su Hijo, Cristo, el Señor. Si en algún momento de tu vida, la desesperanza te invade, por ver tu esfuerzo frustrado en constantes caídas, recuerda que para Dios las puertas de la salvación siempre están abiertas. No hay camino más oscuro pues Cristo es la luz que ilumina a las naciones (cfr. Lc 2,32); no hay temor alguno, pues Él camina con nosotros, su vara y su cayado nos procuran la paz (cfr. Sal 23,4); no hay mal que pueda estar contra nosotros, pues si Dios está con nosotros, el Emmanuel, ¿quién contra nosotros? (cfr. Rom 8,31). ¡En Cristo, está nuestra victoria!
Nuestro arzobispo, Mons. Rogelio Cabrera, nos invita a fortalecer la alegría de nuestra fe cristiana. La Natividad del Señor, la celebración de la Navidad, debe recordarnos el gran amor que nos ha tenido el Padre, para llamarnos sus hijos (cfr. 1Jn 3,1). ¡Que esta solemnidad de la Navidad fortalezca la alegría de nuestra fe! Como cristianos, hemos de iluminar nuestros hogares con esta misma alegría. Nuestro testimonio de fe debe reflejar que la Navidad es un hecho salvífico que sigue actuando en nuestros días. No podemos ver la Navidad como un hecho aislado en la historia, que no tiene algo que decirnos, mucho menos como algo pasado. La Navidad sigue actuando en nuestra vida: Cristo quiere nacer en tu corazón, cada día. Cristo anhela nacer en el corazón de tu familia. Él quiere sanar el pecado que oscurece tu corazón, quiere reparar las heridas de tu hogar. Viene a anunciarte su salvación, a hacerte saltar de alegría. Que esta Navidad sea una realidad permanente, actual. ¿Has encontrado a Cristo en tu vida? Ve y compártelo con los tuyos, con tu prójimo.
En su nacimiento, Cristo nos enseña una gran verdad. Que el mejor don que podemos compartir es nuestra propia persona. Que el tesoro más valioso sea la entrega al servicio de nuestros hermanos necesitados. Nunca digas que no tienes qué dar. Dios te ha concedido su bendición para que vayas y seas luz del mundo y sal de la tierra. Cristo nació pobre, vivió pobre y murió pobre. Pero con su pobreza nos ha concedido la mayor de las riquezas: su amor y su perdón. Si un regalo le hace falta al mundo, si hay algo que necesitan nuestras familias, nuestra sociedad, es el amor y el perdón. El amor que nutre y alimenta nuestra alma, el perdón que sana y repara las heridas cometidas por nuestra falta de paciencia, por nuestro egoísmo y orgullo.
Hagamos un compromiso ante Dios. Que como comunidad, como familia de Jesús El Buen Pastor, seamos conscientes de nuestra misión en el mundo. Que tanto en nuestros hogares, como en nuestra comunidad y sociedad, manifestemos la alegría de nuestra fe, como nos invita el Señor: con hechos concretos. En estas fechas, existen muchos hermanos nuestros que se han alejado del amor de Dios, de las prácticas de fe. Salgamos, como nos invita nuestro arzobispo haciendo suyas las palabras del Buen Pastor, vayamos al encuentro de nuestros hermanos alejados, de los que están fuera del redil; busquemos a aquellos que se han alejado de la fe, que se han apartado de nuestra familia. Es el mejor testimonio de nuestra fe: la vivencia de la caridad, del amor.
Abramos, con san José y con nuestra Santísima Madre, la Virgen María, las puertas de nuestro corazón, para que Cristo Jesús, el Dios-con-nosotros, nazca en nuestra vida y con nuestro testimonio de fe y amor y, mediante el auxilio de su gracia, seamos capaces de manifestarlo al mundo entero.
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