II Domingo del Tiempo Ordinario
“No tienen vino”, Jn 2,3
En el evangelio de este domingo, la presencia de Cristo en las bodas de Caná nos deja una gran enseñanza para la vida matrimonial, sacramento que enriquece a la Iglesia. El matrimonio es reflejo de las nupcias espirituales, de la unión de Dios con la humanidad, anunciada por los profetas. Muchas veces ha hablado Dios de su amor para con la humanidad a través de la imagen del amor nupcial. Existe una relación recíproca entre ambas realidades: las bodas humanas son símbolo de las nupcias espirituales. Por su parte, la unión de Cristo con su Iglesia (las nupcias espirituales) es modelo para la unión del hombre con la mujer en matrimonio.
A lo largo de las sagradas escrituras, encontraremos una riqueza para esta realidad tan hermosa como lo es el matrimonio. El apóstol san Pablo hablará de actitudes concretas, importantes para los cónyuges entre sí: “Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”, Ef 5,25. De estos textos citados así como de la liturgia de la Palabra del día de hoy, podemos concluir que el amor y la entrega para el esposo o esposa, será un deber conyugal que brota de la unión perfecta de Cristo y su Iglesia.
Quisiera tocar un último punto. En su revelación, Dios manifiesta su fidelidad al pueblo, a pesar de la infidelidad de éste. El matrimonio está llamado ha reflejar también esta fidelidad. Es un camino arduo, que exige lo mejor de sí para ambos cónyuges. Existe el peligro del desánimo, del cansancio. Como en la boda de Caná, se puede acabar el vino. El matrimonio puede terminarse el vino del amor, de la alegría y entusiasmo; y cansarse del agua de la rutina, de la pérdida de paciencia y amor. Como los novios en Caná, hay que invitar a Jesús a la boda. Hay que invitar a Cristo a la vida en familia.
¡Pidámosle al Señor por los matrimonios, en especial los que se encuentran en crisis e invitémosle a participar en nuestra vida y en nuestra familia!


